Me cargan los títulos, por el simple hecho de que predisponen.
No me agrada intentar comenzar vida nueva teniendo claro que no será así.
Mierda y una más. Sé que la voluntad se suprime cuando se vuelve consciente la consciencia.
Odio la trascendencia en lo cotidiano, ese constante tortuoso que escapa de la temporalidad.
La trascendencia se vuelve miseria y la miseria constante, entonces viene la reducción dependiente y quizás no es eso y es lo otro, o lo otro es eso y al final la reducción viene dada, más allá del subjetivismo conceptual. Da igual, tiempo e inercia se vuelven paralelos y no hay vaivén, no me gustan los cambios porque suponen un ciclo y para qué complejizar el acto si inevitablemente lo constante es eso y lo que es. Detesto la parafernalia y quizás por eso lo del espejo y la autoasimilación del absurdo y el complejo y lo inevitable de la condición sin tapetes ni silabario. No quiero palabras escénicas, sería volver a eso. Pero cómo no hacerlo, no proceso como tú ni como él ni como quien aspiro ser y es angustiante porque entonces el circo ya no es lo que pretende, sino lo que ciegamente imparte. Eres ermitaño, yo también lo soy. El problema es que no te das cuenta.
http://www.youtube.com/watch?v=xvyPoxdZxXM
Hace 14 años
1 comentario:
A veces la poesía ayuda a despertar el dolor de la lucidez...
a veces en uno...
a veces en los demás...
En lo profundo, se encuentra la alegría de la tranquilidad, tal como en el fondo del océano.
Un abrazo
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